Makondo Libros

Julio 1, 2008

La Metamorfosis – Franz Kafka

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Pasta del libro

Kafka, Franz. La metamorfosis, La condena, En la colonia penitenciaria. Editorial Panamericana, Año 2000. 224 págs.

Por J.J. Sarabia

La pereza viaja tan despacio que la pobreza no tarda en alcanzarla” (Benjamin Franklin, (1706-1790) Estadista y científico estadounidense).

¿Por qué algún día podrías convertirte en un horrible animal, inservible, torpe, uno que asusta a su propia familia? Piensa simplemente en aquel sujeto, un tío, yo qué sé, que no hace más que masticar la cama. Piensa en aquellos perezosos que se sienten incapaces de trabajar, o, como en el caso particular de Gregorio, el protagonista, un hombre que ha trabajado tanto que un día piensa inconscientemente, tomarse los siguientes años de su vida para dedicarla al sueño y la vida apacible de un bicho.

En realidad, en nada se había transformado Gregorio Samsa. Kafka no los dice subrepticiamente durante la primera parte del libro.

Primero. El protagonista, un joven trabajador, al despertarse aquel día, se dejó contagiar por la pereza de un día lluvioso donde no provoca más que arrullarse entre sábanas. “¿Qué pasaría si durmiera un poco más?”, se dijo al sentir el helado clima.

Segundo. Cuando intenta sin gloria colocarse del lado derecho de la cama, exclama: “¡Que profesión tan dura la que escogí!”. Su trabajo, tal como lo indican las líneas, consistía en viajar, y esos viajes incluían ‘soportar las tormentas’, sus desafíos: comida pésima, el trasbordo, el contacto con cientos de personas,… “¡Al diablo con todo!”, dijo desde su lecho, al diablo incluso con su familia que eran un trío de mantenidos.

Lo que convirtió al joven en un insecto repugnante fue el deseo de abandonar la vida laboral y los fuertes compromisos con su familia que no hace más que detestarlo porque ha decidido descansar, lo cual implica que ya no les llegará la platica que él les proveía.

Sí, quería ser un parasito, uno que no tuviera la obligación de pararse temprano ni rendirle cuentas a su mamita. Pero, infortunadamente, esta decisión lo lleva hasta la muerte, no sin antes pasar por largos meses de sufrimiento.

Desde que Gregorio anunció con su nuevo estilo de vida: no quiero trabajar más, merezco un descanso; sus compromisos lo convirtieron en ese bicho que no quería trabajar pero le tocaba. De la misma forma, alguien que ya no produciría nada para la familia, la misma lo comenzaría a ver como tal.

La Metamorfosis (Die Vermandlung), publicada por primera vez en 1916, no es sólo un asunto de pereza; va más allá. Trata del amarre que hace el capitalismo al ciudadano. Un hombre, según este régimen económico, que no quiere o no puede producir, es, quiéralo o no, un bicho que provoca lástima y repudio social. No en vano este relato surge, escrito y publicado, cuando Irlanda fracasa en su revolución, tal como lo hace Gregorio. Al siguiente año, en 1917, ocurre la Revolución Rusa; de esa forma y consecutivamente, también sobresalen: la independencia de Polonia, la Guerra Civil de Irlanda, la era Mussolini.

Saamsa no es más que ese pueblo oprimido. Recordemos que Kafka nace en Praga en 1883, el mismo año de Porfirio Barba Jacob y Louis Stevenson. Como lo vengo diciendo, Gregorio es ese pueblo oprimido por los compromisos con el mundo capitalista que nace poco a poco con su opresión e inmersión del mercado; es aquel ser humano que quiere librarse de todo yugo; y cuando lo hace, así parezca un bicho raro, se siente feliz.

“Lo que más le gustaba era colgarse en el techo, pues allí se respiraba con más libertad”, dice Franz.

Pero los modelos imperantes suelen ser más fuertes. Cuando te revelas te lanzan manzanas y manipulan tus sentimientos con pesares.

“…y la madre mirando hacia el cuarto de Gregor, decía: ‘Cierra esa puerta, Grete’, y Gregor volvía a hundirse en la oscuridad…”.

Los que intentan adoptar otro estilo de vida al imperante, con el tiempo su fortaleza flaquea y se rinde. Esas personas dicen al final como Grete, la hermana del protagonista: “…tenemos que deshacernos de él. Hemos hecho lo humanamente posible para cuidarlo y soportarlo…”.

Lo más increíble de todo este relato y de la realidad misma es que, pese a escuchar los lamentos de su familia y su decisión de botarlo, aún así el bicho “pensaba en su familia con amor y conmoción”.

El cuento pudo haber terminado con la muerte del personaje, pero se extiende a una escena tranquila con la familia disfrutando de un paseo en el tren. El padre, el señor Samsa, ve a la señorita en que se ha convertido su hija Grete, y Franz Kafka agrega: “pensaron en que ya era tiempo de buscarle un buen esposo”. Como creyeron, lo supongo, que Gregorio ya estaba preparado para mantener la costosa economía familiar y lo mandaron, vuelvo a suponer, al competitivo y estresante mundo laboral y capitalista.

Grete, o su esposo, entonces, terminarían como su hermano: un bicho deseando la libertad de los sólidos compromisos con el mercado y el consumo.

Punto aparte

Los escritos de Kafka son los ideales para aquellos escritores que quieran dominar la repetición sin generar la desagradable cacofonía. Al parecer, a Gabriel García Márquez le gustaba por este dominio.

“…la puerta de Gregor permanecía cerrada algunas noches, pero él ya se había resignado. Incluso algunas noches, cuando por descuido la dejaban abierta,…”.           

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La resistencia – Ernesto Sábato

Archivado en: Literatura — makondolibros @ 3:08 pm

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Pasta del libroSábato, Ernesto. La resistencia. Editorial Seix Barral. 149 págs. Año 2000.

Por J.J. Sarabia 

“…las personas buscan amarse a través de un monitor” (pág. 22).

“Estamos perdidos si no revertimos con energía, con amor, esta tendencia que nos constituye en adoradores de la televisión, los chicos idiotizados que ya no juegan en los parques. Si hay Dios, que no lo permita” (pág. 34).

La Resistencia  nos sigue sonando, quizá, a los ‘Franceses Libres’ que en 1942 se organizaron en grupos para hacer oposición a las fuerzas alemanas de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, desde 2006, a mí me suena a Ernesto Sábato.

Es un pequeño libro, un mensaje reflexivo organizado en cinco cartas y un epílogo; es un consejo a grito de trompeta para quienes nos movemos en la miseria de la modernidad.

“Tampoco podemos vivir comunitariamente cuando todos los vínculos  se basan en la competencia” (pág. 111).

Antes de comenzar cada carta, Sábato introduce epígrafes, voces de intelectuales que nos invitan a participar de una resistencia y a cuestionar nuestro actuar diario en medio de diferentes cambios que nos cobijan hoy. Uno de ellos, el que más nos convoca, es uno de Dostoievski: “Cada uno de nosotros es culpable ante todos, por todos y por todo”. Porque a la final los que deseamos cambiar al mundo no llamamos a unos pocos ni nos conformamos con medio mundo de héroes, sino que convocamos a la humanidad entera para que deje su firma sobre la victoria.

“Lo decisivo es no creer que todo seguirá igual y que este modo de vivir da para rato” (pág. 139).

Y para llegar allá, al mundo deseado, el autor pone de relieve nuestros pasatiempos más comunes y preocupante: nuestra adoración a los hombres de la televisión que se creen dioses; nuestro rito a la soledad; la adoración a nada más que nuestro ser; la competencia encima de la humanidad; la muerte al diálogo; y otros tantos rasgos conductuales que al más consciente lo hace llorar, o por lo menos volverlo melancólico.

“…el otro ser humano no nos llega, no lo vemos. Está más a nuestro alcance un desconocido con el que hablamos a través de la computadora” (pág. 21).

Cada primero de enero comienza un nuevo año con el cual nos proponemos abrir los ojos. Cada día debería ser un primero de enero, como hoy, cuando tienes una insípida reseña ante tus manos y puedes salir corriendo a buscar este libro.

“Yo he pasado riesgos de muerte durante años. ¿Sin miedo? No, he tenido miedo hasta la temeridad pero no he podido retroceder” (pág. 126).

De pronto, como esos de prontos que suelen ser más sueños que realidades, venceríamos como los franceses que en 1943 liberaron Córcega. Su información obstaculizó el desplazamiento de tropas alemanas con la destrucción de sus ferrocarriles.

Volemos hoy los males de la modernidad con los actos sublimes de un humilde guerrero.

“Hay quienes en nada creen, pero también hay multitudes de seres humanos que trabajan y siguen en la espera, como centinelas” (pág. 145).    

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